La noche que vi las estrellas


El manifiesto de Pascua.

Miércoles por la noche, uno de tantos. Cristina vuelve a casa en coche después de la Escuela de comunidad. De repente, los faros iluminan a una mujer de raza negra que está en medio de la calle. «¡¿Pero qué está haciendo?!». Baja del coche y da gracias al cielo porque no se ha hecho nada. Piensa que muy probablemente se trata de una prostituta, no por la ropa que lleva sino por la zona en la que está y por las “compañeras” que tiene alrededor. Le pide que la lleve a un pueblo cercano y Cristina decide llevarla.
Al cabo de un rato, empiezan a hablar. La chica se llama Linda, es nigeriana. Habla un poco de sí misma, de la vida que lleva. Cristina la deja terminar y tras un momento de silencio le dice:«¿Pero nunca te enfadas con Dios?». La chica rompe a reír: «¡Pero si Él es el que me protege! Por ejemplo, Le he pedido que me mandase a alguien y has llegado tú. Sólo puedo estarle agradecida». Al llegar a su destino, baja del coche. Cristina le da su número de teléfono: «Llámame cuando quieras». Y piensa: «Quién sabe si la volveré a ver…».
Al día siguiente Cristina le cuenta todo esto a su amiga Rita. Ésta palidece: a ella le ha sucedido lo mismo, tal vez era la misma persona. «Vayamos a buscarla», se dicen. Y se van con su amigo Francisco, una guitarra y un ramo de flores. Preguntan a todas las nigerianas de la zona, pero nada, nadie parece conocer a Linda. Al final, se dan por vencidos y deciden regalarle las flores y las canciones a la primera “señorita” que encuentren. Se topan con Ros, que no entiende qué es lo que quieren, pero que de pronto se encuentra con un ramo de flores en la mano mientras escucha la canción La notte che ho visto le stelle de Claudio Chieffo: «…la noche que vi las estrellas / ya no quería dormir, / quería subir allí arriba para ver… / y para entender».
La historia parece terminar aquí. Pero Ros debió contarle a Linda lo de la extraña serenata y ésta cogió el teléfono: «¿Cuándo nos vemos?», le pregunta a Cristina. Dicho y hecho: al día siguiente se organiza una cena. Luego empiezan los cantos e incluso Linda canta uno de su tierra, que dice: «Dios es bueno. Ha mandado a Su Hijo, que ha muerto por mi pecado y por el tuyo. Nuestra deuda ha sido saldada. Cantemos con alegría». Llega la hora de irse, el trabajo la espera. La acompañan hasta un cruce y se despiden.
A los pocos minutos, suena el teléfono. Es Linda. Le pide a Rita que la lleve a casa, tiene frío. Rita da la vuelta, la recoge, pero una vez en el coche Linda la mira y le dice: «No es por el frío. Después de una noche tan bonita, no puedo volver al trabajo. Ayúdame a encontrar otro».

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Publicado el 12 de abril de 2012 en Huellas. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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